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Elevado

Rutas de autor

Elevado

Por Tim Maughan

Las maneras de caminar el espacio que habitamos se vinculan con los modos de escribir sobre ellos. Cuatro escritorxs nos invitan a conocer en texto y en imagen los recorridos personales que trazan en ciudades o pueblos que los interpelan. 

 

Esta noche voy a leer un extracto de Elevado, un cuento que escribí unos años atrás, cuando vivía en Nueva York. Transcurre en un futuro cercano y trata de un sistema de tránsito subterráneo y semi-legal –compuesto por los así llamados dollar vans o minibuses–, que hoy en día existe y provee un servicio importante para inmigrantes y trabajadores indocumentados que necesitan moverse por la ciudad a un costo accesible. Explora la forma que esa red podría adoptar en una ciudad dominada por la vigilancia digital y los vehículos automáticos.

No pasa seguido que una chica blanca se suba a la van de JC, sobre todo tan lejos por Flatbush. Tal vez cerca de Barclays, puede ser, cuando llueve fuerte y es tarde a la noche y están saliendo de algún laburo y no quieren empaparse en el par de cuadras que tienen que caminar hasta sus casas. Pero no acá, en el barrio profundo, y no a las 7:30 de la mañana. Casi todas las personas que levantó en las últimas tres esquinas son las de siempre: niñeras de Jamaica y de las islas, todas yendo a Park Slope y Prospect Heights, todas necesitando llegar antes de que la gente blanca para la que trabajan se vaya a Manhattan, todas tomando la van porque su condición de inmigrantes es dudosa y no pueden arriesgarse a que una cámara del subte reconozca sus rostros.

Tal vez eso es lo que pasa con esta chica blanca, tal vez sus documentos también son cualquiera. Él no va a preguntar, no es asunto suyo. Solo le sonríe y dice “Hola, nena”, y ella le devuelve la sonrisa desde abajo de la capucha de su abrigo largo y negro, mientras deja dos dólares en el balde como todos los demás. No es asunto suyo.

Igual es medio raro, piensa, mientras la mira pedir disculpas al apretarse en el asiento al lado de una de las niñeras, su cara blanca iluminada por el brillo de la pantalla OLED del respaldo del asiento que está delante, piel pálida cubierta por las sombras azules y doradas de playas tropicales y arena. No es que no haya gente blanca en East Flatbush en estos días; cuando JC era un niño, eran muy pocos –como que ni se animaban a ir porque les daba tanto miedo–, pero después los alquileres se volvieron tan estúpidos en el resto de Brooklyn que algunos se vieron forzados a dejar los otros vecindarios. Pronto los alquileres se pusieron estúpidos también acá y los locales de venta de pollo asado y las peluquerías tuvieron que ceder su lugar a locales de café y panaderías artesanales. Ahora son hordas de gente blanca las que salen de los edificios todas las mañanas, cuando él maneja a lo largo de la avenida Flatbush; se aferran a sus teléfonos y a sus cafés, bajan como enjambres por las entradas de los subtes, los ricos deteniéndose junto a lo cordones de las veredas para que los Ubers y Googles sin conductores se separen instantáneamente del tráfico y los levanten. Ninguno de ellos viaja en las dollar vans. De hecho, casi ninguno de ellos parece, siquiera, verlo; miran a través de él. Algunos, en contadas ocasiones, generan un breve y confundido contacto visual cuando frena en un semáforo para dejarlos cruzar, sorprendidos por ver a un humano detrás del volante.

JC se aparta del cordón, la combi entera latiendo al ritmo de los bajos y kicks de la música jamaiquina sincronizada con las bailarinas enfundadas en bikinis que destellan en las pantallas. Hay unas veinte vans haciendo el recorrido, pero la de JC es la más conocida. La que descolla en el tráfico, la que la gente busca primero si son varias las que llegan al mismo tiempo a una intersección. No es que las vans sean difíciles de identificar en estas calles, cubiertas de autos-robot clonados y hechos todos con el mismo molde, pero la de él no se parece a la combi de un repartidor ni a la camioneta de un plomero. La gente la ve nadar entre el tráfico controlado por algoritmos como a un pez payaso entre pargos grises. Sienten cómo se acercan los bajos; ven las puertas cubiertas con los volantes de GIFs animados que publicitan fiestas locales: letras rojas, doradas y verdes y los rostros grafitteados de las estrellas de las islas flotando sobre las siluetas de palmeras en el brillante papel electrónico. 

Las Gucci falsas en su tablero zumban enojadas; las toma y se las pone. Una nube de datos llena el espacio que lo rodea; las gafas están conectadas al sitio ilegal CopWatchWiki. Chats entre conductores de vans, invitaciones turbias, llamados de los revendedores de entradas del Barclay Center. Cualquiera que necesite hacer algo en el sur de Brooklyn sin –digámoslo así– la atención innecesaria de la policía de Nueva York se suma y comparte lo que ve; los bots invisibles de la wiki trabajan todo el tiempo para construir un mapa de los movimientos siempre cambiantes de la policía a lo largo del barrio. JC está suscripto a varios tipos de alertas y hay una que está haciendo gruñir a sus gafas: un ícono rojo furioso que rebota en el cielo, ocho cuadras más adelante, donde Atlantic se cruza con Flatbush. Parpadea y se abren más detalles: ventanas llenas de jerga texteada y tomas de cámaras. Sentados a la sombra del bosque de torres de lujo en el centro de Brooklyn, una van llena de los mejores de la ciudad, sorbiendo su café Doughnut Plant y apoyados, como gangsters descuidados y sin importancia, en barreras de plástico colocadas a las apuradas. JC se sorbe los dientes. Puesto de control móvil, improvisado. Frenan vehículos con conductores humanos. Operaciones tácticas anti-terrorismo. Nivel de peligro: elevado.

Parpadea para avanzar a través de lo menúes y buscar opciones; enormes flechas traslúcidas se materializan en el aire delante de la van; la ruta, abajo, late en rojo para mostrar caminos alternativos. Suspira. Sus papeles están todos en orden, su permiso para conducir un bus privado –con lo difíciles que son de conseguir en la actualidad– está en regla, doblado en la guantera. Pero detenerse será un dolor de huevos, lo hará perder tiempo y generará un malestar innecesario entre las señoritas indocumentadas del fondo. Dependiendo de la prolijidad con la que los canas quieran hacer sus revisaciones de mierda, la cosa podría ponerse fea. Y el cliente siempre está primero.

Hace un giro cerrado hacia la izquierda, atravesando dos carriles llenos de tráfico, sabiendo que todos llegarán a frenar de un modo perfecto, algorítmicamente calculado, justo a tiempo para dejarlo pasar. Las reacciones robóticas garantizan que no habrá colisiones mientras él maniobre a través de Atlantic. Pero la van derrapa un poco y las niñeras patinan por los asientos de cuero sintético. Dientes aspirados, aire exhalado, alguien lo putea en creole.

–Está todo bien, señoritas, sólo un pequeño desvío –dice en voz alta pero tranquilizadora, por encima de las vibraciones del reggae sintetizado–. JC las llevará al trabajo en tiempo y forma.

A través del espejo retrovisor, le guiña un ojo a la chica blanca y ella le devuelve la sonrisa, ojos que brillan azules como piletas de Montego Bay. Linda.
*
No pasa seguido que una chica blanca se suba a la van de Guang, sobre todo cuando se dirige hacia Manhattan. Esta se subió a la altura del supermercado de la calle Court; básicamente, en la última parada antes del puente, y eso no tiene ningún sentido. ¿Por qué querría tomar una van para cruzar el puente desde allí? Podría subirse a un tren de la línea dos y estar en el centro en pocos minutos. Más rápido de lo que puede llegar él, especialmente a las ocho de la mañana. No tiene ningún maldito sentido.

Si le mencionas Chinatown a la mayoría de la gente, incluso a la mayoría de los neoyorquinos, pensarán en el centro de Manhattan. La verdad –y, maldita sea, el mismo Guang no lo sabía cuando llegó por primero vez– es que hay un montón de Chinatowns. Ese es el recorrido de su van, las une a todas. Arranca en Brooklyn, en la de Sunset Park, luego derecho hacia arriba y cruzando el puente de Manhattan directo hacia la grande, luego de vuelta por el puente de Williamsburg hasta las dos de Queens: Elmhurst y, después, todo el camino hasta Flushing. El Expreso Fuji, lo llama él mismo. Casi nunca levanta blancos, tampoco a negros o latinos, hay que decir. Solo chinos. Personas que trabajan en restaurantes, lavanderías, limpieza. Pibes que hacen unos mangos traficando carteras falsas, relojes y anteojos en la calle Canal. Muchachas tristes, cansadas, que ganan veinte dólares por día haciendo manos en salones del SoHo y en el Village. Viajan con él porque es barato, porque la mayoría de ellos no habla ni lee suficiente inglés como para entender las máquinas de la Autoridad Metropolitana de Transporte, y porque en el minuto en el que se acerquen a uno de esos molinetes sus rostros ingresarán al sistema, que los seguirá hacia donde sea que vayan, y entonces será solo una cuestión de tiempo hasta que Migraciones los atrape. Él sabe, él vio cómo sucedía: gritos en las calles, golpes en las puertas, luces rojas y azules entrando por su ventana a las 4 de la mañana.

Además, Guang tiene el plus de ser rápido. Es decir, rápido. La van más rápida de la ruta. Siempre al límite de la velocidad máxima, siempre entrando y saliendo del tráfico robot, un paso delante todos. Igual que los demás conductores de vans, tiene una retina apuntando todo el tiempo hacia el CopWatchWiki, pero, además, cuenta con otra pequeña ventaja que lo mantiene en la delantera. Una cajita negra, un elemento electrónico ilegal conectado a su tablero y enganchada a sus gafas. Algo que su primo le trajo de Shenzshen el año pasado: la copia del cerebro de un taxi Google metido en la carcasa de un viejo smartphone Samsung, un nodo ilegal dentro de una red inhumana. Gracias a esa cajita, puede ver cosas que solo los vehículos sin conductores pueden ver: señales de cruce que cambian dos intersecciones más adelante, carriles detenidos seis cuadras más lejos, esquemas de tráfico transformándose en tiempo real dos barrios más allá. Puede ver cuando un bus de la AMT sale del tráfico, cuando un coche de bomberos está por ocupar toda una calle de mano única, y cuando la pelota de algún niño se escapa hacia la avenida. Son un montón de datos –el conocimiento compartido de todos los vehículos robot de la ciudad, entrando por sus ojos como un bombardeo de números, geometrías y scanneos lidar–, más de los que puede procesar, pero a lo largo de los meses aprendió qué mirar y qué ignorar, aprendió a navegar y a entender los esquemas en movimiento. Además, cuando llega a Queens la información empieza a adelgazarse hasta ser casi nada: no hay data allí donde los vehículos robot no van. A veces parece que él y sus pasajeros vivieran en una ciudad diferente: una zona desconocida, económicamente no apta para robots, carente de tarifas e información valiosa; una ciudad que ellos ni registran que existe. 

A esta altura se está precipitando hacia Manhattan; Guang entra y sale del tráfico automatizado mientras el sol tartamudea a través de la geometría de las torres y los cables del puente. Delante de ellos se yergue el perfil de la ciudad, la isla tan densamente poblada de arquitectura que da la impresión que los rascacielos más altos están empujando a los más chicos hacia el agua, como grandulones que quieren asegurarse espacio en una multitud. Justo se está cruzando por delante de un transporte FedEx –al frenar, el vehículo pega un salto que despierta al asistente humano que dormitaba, lo suficiente como para que le haga el gesto del dedo–, cuando sus gafas vibran. Esta vez, CopWatch: alguien más adelante en el puente etiquetó tres drones vigilando el tráfico. Mierda. El tiempo solo le alcanza para cambiar de carril y bajar su velocidad a un valor respetable cuando ya están encima de él, tres cascotes de infraestructura extrañamente flotante, colgando de seis cuchillas a rotor enganchadas, a su vez, a generadores a nafta ubicados en los costados del puente. Parecen globos grotescos en el cumpleaños de un niño, piensa Guang de pronto, y al pasar por debajo de uno de ellos puede ver que su panza es un caos de cámaras crispadas, micrófonos direccionales y receptores químicos. El tercero cuelga más bajo, en el medio del puente, con un gran signo LED por el que circulan mensajes en una enorme tipografía de matriz de puntos, amarillo sobre negro:
PUESTO DE VIGILANCIA: CONTROL ANTI-TERRORISTA

NIVEL DE ALERTA: ELEVADO – ESTÉ ATENTO A ACTIVIDADES SOSPECHOSAS

OPERACIONES TÁCTICAS DE LA POLICÍA DE NY

SI VE ALGO, DIGA ALGO
Guang se pregunta qué estará pasando. CopWatchWiki se estuvo iluminando toda la mañana con avisos de controles antiterroristas; Manhattan y Brooklyn latiendo como un arbolito de Navidad. Se ríe solo. Puro teatro, lo más probable. La policía de Nueva York mostrando músculo, haciendo como que tienen tanto control sobre el movimiento de la ciudad como Google y Uber, recordándole a todos que todavía están ahí.

Por algún motivo, sin embargo, echa un vistazo al espejo retrovisor y mira a la chica que levantó en Court, apretada en su asiento entre las manicuras. Bajó su capucha sobre su cara, escondiendo su piel pálida y sus ojos azules de las cámaras de los drones. Guang vuelve a enfocarse en la ruta, en el puente que cae hacia el bosque de edificios, en la información que llueve a través de sus gafas. No tiene ningún sentido que ella se haya subido a su van. Ningún maldito sentido.

* Texto traducido del inglés por Gabriela Adamo

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